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Rudy Chaim Garcia
Rudy Chaim Garcia

 

 

 

 

LA INCREIBLE DESVENTURA DE UN INCAUTO.

 

 

                                                                                            Por Rudy Chaim.

 

 

 

Nadie ve al gringo desembarcar. Lo trajo furtivo una canoa desde el vapor que se quedó anclado afuera, a la entrada del canal. El sol como siempre se puso a las seis y ya no hay nadie que ande por allí. Da algunos pasos. Busca. Mira a su alrededor, una perspectiva lánguida de palmeras se diluye a lo largo del malecón.  

 

El muelle atrás y las callejuelas frente a él que suben por la colina y se esfuman entre las emanaciones de la noche tropical. Va todo mojado, lleva así desde que cruzó la línea ecuatorial. Estruja el sombrero y se lo vuelve a poner. De arriba, le llega el rumor de un merecumbé que se logra filtrar por entre los espasmos de la lluvia. Lo oye, pero no hace ningún esfuerzo por entender.

 

“¡Ay esas nalgas! son como diría…

Dos veleros al compás del alucinado mar.

Que bien se ajustan al tambor.

Suben y bajan, para acá y para allá…

Si parecen dos veleros en medio del huracán…”

 

Hace calor, los ojos le hierven y sigue mojado. Se adentra. Sube. Mira por encima de él. Las casas son casi todas de caña estucada y algunas de guayacán negro, viejísimas, que crujen con cada cambio de temperatura o al mínimo respiro del aire. Las hay de; dos, tres y hasta cuatro pisos, que se curvan hacia afuera a medida que se elevan.

 

Va por el medio de la calle, pateando sapos y esquivando todas las demás porquerías que con la correntada se le vienen encima. Se empeña. Avanza como puede, hasta que se agarra a uno de los postes del portal. Ya solo le queda un último esfuerzo para estar a seguro y a salvo sobre la acera, y lo hace.    

 

   - ¡Bravo guapo!

   - ¿Qué? 

 

El aliento a ron y el rayo de luz salen del mismo hueco en la tapia, debajo de un letrero que anuncia a “Las Plañideras del Edén”.

 

   - ¿Como? ¿Donde está? no la puedo ver. –Trata de meter la cabeza por el   

      rayo de luz.

   - Aquí estoy cariñito.

 

Dos uñas largas le rascan debajo del mentón y un par de pestañas postizas le barren la mejilla de arriba abajo y de abajo arriba, y por fin está un poco más seco.

 

     - ¿Te gustaría una mujer? a la mejor del pueblo, toditita para ti blanquito, sabes    

        que, gratis ¿eres marino? ¿de Irlanda tal vez? ¿tienes novia? ¿quieres

        hierba?       

        ¡No!  que láaastima.

   - Busco a Ramiro Peláez, ¿lo conoce usted?

   - Nooo, que peeena.

   - Entonces, by.

   - Como ¿y te vas? ¿así, porque sí?

   - Sí lo lamento, pero no tengo mucho tiempo.

   - Bueeeno, chao guapo, que te valla bien.  

 

Se adentra más. Sobre la acera, debajo del portal, el aire sigue siendo pegajoso, pero el suelo es sólido y se puede ver mejor. “No quiero mujeres ¡dam it!  si no solucionar este asunto y largarme de aquí, mientras mas pronto mejor”, se golpea con fuerza la palma izquierda con el puño derecho y mira hacia todos los lados por si alguien lo esté viendo. Las plañideras quedan atrás. Sigue avanzando. Llega a la esquina y cuando va a cruzar a la acera de en frente…

 

    - No irás a pasar con semejante aguacero patrón, te puedes encharcar,  

       aguanta que yo te atravieso, allá voy.

 

Un enano fornido y cabezón sale de entre las tablas de la pared, y sin ningún esfuerzo se lo carga sobre un hombro.

 

    - ¡Hey man! tenga cuidado con mi sombrero.

    - ¡Mi alma! que liviano eres, toma, ábrelo para que no te mojes, oye gringo     

      ¿te gustaría una hembrita? la más sabrosa que hay, en verdad.

    - ¡No! estoy buscando a Ramiro Peláez, ¿usted lo conoce?

    - Olvídate de Peláez, ¡chico! te estoy dando algo que en tu vida iras a probar,     

       ¿estás loco o eres marica? no sé que entender, cuidado no te muevas tanto   

       que te vas a caer, es más linda que el sol, ¡que vaina! ¡gratis! ¿está bien?

    - Mire si usted conoce a Peláez por favor dígamelo, es muy importante,

       mujeres hay en todas partes y le agradezco mucho el servicio que me     

       hace, espero no estar causándole molestias.

    - Para nada –pone al gringo en el suelo al otro lado de la calle-, ¡que! ¿y te  

       vas? ¿sin probar la mercadería? ¿ni por el gusto siquiera? –se incorpora  

       sin quitarle la mirada de encima.

    - Muchas gracias, pero ya usted ha hecho bastante por mi, y me tengo  

       que ir.

    - Tengo oro, genuino de “La Pirámide”, ¿tal vez por ahí va la cosa?  

       baratísimo, ¿no? bueno patroncito siga por su camino entonces.

 

En la cuadra que sigue la acera es de tablas, bien gastadas y llenas de baches, y por fin esta bastante más seco. Se encanta con el ruido que hacen los tacos de sus tejanas sobre el tablado, se acomoda la mochila, también el cuello de la camisa y sigue caminando con las manos en los bolsillos, atento a los baches y taqueando duro. “¡The hell! cual será el nombre de esta calle”. Saca un papel doblado del bolsillo interior de su casaca, lo estira y trata de leer. Está obscuro y su caja de fósforos completamente mojada, no puede prender ninguno, lo intenta varias veces y desiste contrariado. Mira el reloj; “okay, no es tan tarde, me queda toda la noche aun”.

 

    - ¿Ese reloj? aquí no le va a servir de mucho forastero, vea estos que son a  

       prueba de agua, imán, plaga y serranos.

 

Un brazo cubierto de relojes aparece de pronto desde atrás de la columna que tiene frente a él, se detiene de golpe y por poco se cae tratando de agarrar el sombrero que termina en un charco al borde de la acera.

 

    - No  gracias  –contesta con desdén mientras se agacha-.

    - ¿Es que no quiere relojes? mejor, porque le tengo al bombón mas sabroso  

       del puerto, ¿mujer si le ha de interesar no?

    - Como quiere que le hable si no lo puedo ver, no sea mal educado, ¡for god  

      seik! –sacude el sombrero contra la pierna derecha-.

    - Bueno, si es que lo pide así, aquí me tiene, a sus ordenes señor.

 

El brazo se repliega y en su lugar asoma una cabeza con un copete negro, inmenso y bien engominado, media cara tapada por las “Ray Ban” y una sonrisa rutilante en el resto.  

 

    - ¡A-há! ahí está… dígame, ¿tal vez usted conoce a Ramiro Peláez?

    - ¿Ramiro Peláez dice? Déjeme ver… ¡no! sabe que no lo conozco, pero en   

       cambio le puedo presentar a la mujer de su vida, solo tiene que ordenar.

    - No, pero se lo agradezco mucho –bufa fastidiado-, ¡oiga! otra cosa, ¿las  

       calles en este pueblo tienen algún nombre?

    - No creo, además siempre están aquí, nadie tiene para que llamarlas,  

       aunque también puedo estar equivocado sabe.

    - ¡Báh! ass hole.

 

Le da la espalda y se va sin hacerle más caso. Se aleja por la acera, haciendo ruido con los tacos hasta que desaparece mas allá en donde se acaba la luz.

 

 

Sobre el escritorio destaca la placa en la que se lee con letras de bronce bien pulidas: “Alcalde”, el resto son; papeles, polvo y demás cosas esparcidas como sea. El cuarto no es muy grande y está apenas iluminado por una lámpara de kerosene colgada de una de las vigas del tumbado. El calendario clavado en la pared de en frente indica que es el primer equinoccio del año.

 

Sentado, con la ventana detrás está Ramiro Peláez, sudando como siempre. Su calva brilla con la luz que le pasa tangente sobre la cabeza y el inmenso escritorio camufla un poco su tamaño descomunal. Se acaba de desabotonar la camisa hasta el ombligo y se seca el sudor de la frente con un trapo grande y mugriento. Hay dos más sentados frente a él, van de paisanos, pero por los adornos que traen se nota que son del alto Capawari. El uno fuma y al otro bosteza.

 

Ya más relajado, el alcalde se sostiene la cabeza con su mano derecha. Inhala y exhala inflando los cachetes y soltando un chiflido parecido al de un caimán tierno cuando está asustado. Mira al uno y gira despacio hacia el otro. El de la izquierda eructa sin intención, el de al lado lo mira con el rabo del ojo. Con la misma mano que antes se sostenía la cabeza, ahora Peláez se rasca un lado de la cara y le suena la barba sin afeitar, mira a los indios y se fija en el mas flaco de los dos.

 

   - ¡Y tú! ¿por que no dices nada? este por lo menos hace ruidos. – Estira los  

      labios señalando al otro.

   - ¿Que quieres que diga pues jefe?

 

Peláez se para y golpea la mesa con la palma de la mano abierta. Todo salta.

 

   - ¡Demonios! ¿por que  no se manifiesta el condenado ese? ¡que aparezca ya  

      de una maldita vez!

 

El polvo que levantó se le mete por la boca y lo atraganta hasta hacerlo toser.

 

   - ¡Há mierda!

   - Tranquilo Ramiro, no te ponga así pues.

   - ¡Que es eso de “tranquilo Ramiro” só atrevido! señor alcalde para ti carajo,  

      más respeto con la autoridad, ¿abrase visto semejante cosa?

   - Discúlpalo pues jefe, comprenderás que salió de bien adentro, el pobre no  

      tiene modales.

   - ¡Bueno ya! y este gringo del coño que no se presenta, ojalá que las señoras  

      no se estén impacientando.

 

Se levanta y voltea hacia la ventana que tiene detrás. Afuera la lluvia escampó. Por la calle baja flotando panza arriba un caballo anciano que relincha y patalea tratándose de parar, más abajo por fin lo consigue y luego cae de nuevo y ya no se lo vuelve a ver. “Porái se calló al canal, como irá a salir de ahí el pendejo” -sonríe por un lado.

 

   - ¿Cómo dices patrón?

   - Nada, ¿Trajeron el muñeco? –todavía mirando por la ventana-.

   - Sí pues jefe –contesta el otro–.

   - Bueno, por lo menos eso –se vira- déjame verlo.

 

El indio le da un paquete bien envuelto en periódicos y amarrado con cabuya*.

 

   - ¡No! sabes que, deja no más, no quiero ni saber –se lo devuelve-.

   - Como quieras pues jefe.

 

El alcalde va hacia el armario que está en el lado obscuro del cuarto y saca una botella que abre cuando se há sentado de nuevo, sirve tres vasos, los reparte y brinda.

 

   - Por la vida, que siga siempre así.

   - Salud.

   - Salud.

   - Y el gringo ese que se friegue, vamos al parque y lo esperamos allá mejor.

 

 

La playa se alarga ensimismada con los brillos de la espuma que la tienen medio adormecida. Ellas van sobre la arena blanca en fila india hacia el estuario todavía metido en la negrura. Las polleras se banderean al ritmo de sus nalgas, mientras la brisa salada hace lo demás y desde el otro lado del río las luces del pueblo se allegan sinuosas por entre el manglar. Cuando pasan por debajo del faro ya están casi bailando. Son cuatro esta vez, porque Mamá Remedios se murió de una intoxicación fórmica al comienzo del invierno.

 

La de adelante lleva un mate bien grande encima del moño con muchas cosas adentro. Al último va la virgen, que se contornea lujuriosa porque esa noche la van a casar. La primera alza de vez en cuando el mate sobre su cabeza y lo mueve varias veces de un lado a otro al contrario de sus caderas. Así, avanzan por la playa alborotando arena que la brisa se lleva sin ningún apuro. La primera canturrea una invocación, las demás contestan con las palmas y el río ya cerca se mide contra el mar.

 

   - Hay lunita mi`jita ¿dime donde estás?

   - Detrás de las nubes mamaíta mamá.

   - Hay mi`jita linda ¿porque no me vienes a ver?

   - Porque el viento no me deja pasar mamaíta mamá.

   - Hay mi`jita que será de nosotras, traemos una novia para casar.

   - Que le puedo decir mamaíta mamá, que el río sea el padrino y que la  

      bendiga el mar.

   - Hay padrino lindo aquí le traigo cositas ricas por su inmensísima piedad…   

 

Con las manos hace un agujero justo donde el río lame la orilla y mete ahí todo lo que trajo en la calabaza, luego se yergue despacio y espera un momento de rodillas hasta que el agua arremete y se traga la ofrenda de un solo bocado. El río se detiene por un instante y respira profundo.

 

   - Toma estos ataditos de “malvacrica” que son para amansar a la novia y que  

      tenga tantos hijos como carrizos tengo yo en mi litoral.

   - Alabado seas padrino lindo siempre te lo vamos a agradecer, amen.

   - Amén.

   - Amén.

 

Se levanta, gira y se aleja de ahí. Las demás la encuentran a mitad de la playa. Le traen  los ataditos de “malvacrica” para que los machaque en el cuenquito que lleva consigo y prepare la pócima. Hasta eso la novia ya se desnudó y le dan de beber. Después, todas se meten corriendo en el mar. El río, al fin libre de compromiso y tranquilo como siempre, ignora las risas y se deja llevar.  

 

 

Don Ramiro asegura bien el candado a las aldabas en la puerta de su despacho. Los otros dos esperan parados en la acera un poco más allá. Ya juntos los tres caminan hacia la plaza. El alcalde estira las zancadas hasta donde mas puede.

 

    - ¡Ya caminen vagos que nos deben estar esperando!

 

Los indios tienen que correr para alcanzar a Peláez. El que lleva el paquete casi lo deja caer.

 

    - ¡Cuidado imbécil! te aviso que si la jodes nos cortan el pescuezo, y a los  

       tres para que sepas.

    - Perdona, es que’s por el apuro jefe.

    - ¡Pendejadas!

 

Llegan al costado de la plaza que linda con la colina. Peláez mira de soslayo hacia la iglesia y se dispensa una sonrisa para si. Los otros desenvuelven el paquete y ponen “el muñeco” sobre una manta extendida en suelo, junto a unos montículos de arcilla que también hay allí y después se van los tres a sentar en las gradas que suben a la iglesia. El cura, que los está mirando por la ventanilla del portón se persigna.  

 

    - Desgraciados pecadores –Sin despegar los dientes.

 

El gringo sale del portal y cruza la calle hacia el parque. La luna -que de pronto aparece- lo encandila y se restriega los ojos con el puño. Se da cuenta que todavía sostiene el papel, lo dobla y se lo guarda en el bolsillo. Va hacia un banco que está a unos metros de ahí y tira el sombrero antes de desplomarse abatido. Cuando ya está sentado, ve a través de sus lágrimas que desde el otro extremo de la plaza alguien se pone de pie y le hace señas con la mano. El también se levanta, toma su sombrero y agitándolo contesta el saludo.

 

Peláez recibe un codazo en las costillas.

 

   - ¡Que quieres!

   - Es él, ¿no jefe?

   - ¡Sí! no hay duda, por fin apareció el condenado, tranquilos, dejemos que él  

      mismo se acerque.

   - ¿Quieres que vaya preparando la receta jefe?

   - ¡Sí! y cuidado con que se dé cuenta, ¡oíste!

   - Claro pues.

   - ¡Que pasa! ¿se habrá arrepentido? –Peláez alza otra vez la mano.

 

El gringo se vuelve a sentar. Con la mano derecha se rasca la cabeza, todavía fijo en el que le hace señas desde el otro lado de la plaza. Ya no se rasca, con la otra mano se pone el sombrero. De nuevo se para y sin dejar de mirar a los que tiene en frente, enfila recto en esa dirección.

 

El fraile se alza la sotana y se la amarra a la cintura, respira profundo y abre con toda su fuerza el portón. De dos saltos baja las gradas que conducen a la explanada y corre hacia el extranjero que viene muy campante con el sombrero puesto. Bien sujeta del brazo el cura arrastra a una muchacha regordeta y casi transparente, que no hace nada por resistir.  

 

   - ¡Escucha tú! pedazo de iluso, vas directo al infierno, lo que buscas es cosa  

      de la idolatría y el sacrilegio, obra del diablo que tiene engañadas a estas  

      pobres almas descarriadas.

   - ¿De qué me está usted hablando? –se detiene de golpe y lo mira desde  

      arriba.

   - De tu destino claro está, mira hijo, esta es mi sobrina tómala y llévatela  

     lejos de esta herejía, si no, ni tiempo tendrás para arrepentirte.

   - Con mucho respeto padre, pero parece que aquí todos están locos, les  

     vengo diciendo que no busco a ninguna mujer, lo que necesito es encontrar  

     a Ramiro Peláez antes de que amanezca, a las siete de la mañana mi barco   

     zarpará.

 

El gringo lo empuja hacia un lado, pero el cura se le aferra a un brazo y no lo deja caminar. Desde el otro lado del parque Peláez a grandes zancadas se apura hacia donde ellos están, decidido a enfrentarse con el fraile que ya tiene agarrado al gringo de las solapas y lo sacude con toda la fuerza que tiene. El sombrero rueda por el suelo sin que nada se pueda hacer por él.

 

   - ¡Dios mío! que bruto eres hombre, ¡por favor! ¿que no ves al peligro cuando  

      se te pone en frente? 

   - ¡Basta ya de tonterías! -se limpia la cara con el dorso de la mano- no

      entiendo que es lo que pasa aquí –sacude la mano hacia un lado- yo solo

      vengo a cerrar un negocio importante para mi empresa y parto en seguida,

      no iba a recorrer medio mundo por gusto, ¡the hell con todos ustedes!

 

El gringo se palpa la cabeza para ver si el sombrero está todavía ahí, al darse cuenta que lo perdió mira perplejo de un lado a otro sin querer aceptar que ya no lo volvería a ver. El alcalde mientras tanto da vueltas alrededor de ellos con las manos atrás exhibiendo groseramente la barriga, con malicia e intención calculada estira los ojos, como quien sopesa bien la situación. Antes de pisarlo se fija en el sombrero y se inclina a tomarlo, cuando se incorpora suelta un quejido    -más para impresionar que por dolor-.  

 

   - Vaya, vaya ¡cuanta vocación!... pero usted tiene todo el resto del año padre,  

      esta noche es nuestra, así es que métase en su iglesia y no salga hasta

      mañana, y considere que le perdono lo de su sobrina.  

 

Peláez ágilmente interpone su corpulencia entre el gringo y el clérigo que con el brazo derecho extendido hace ademán de proteger al extranjero y con la mano izquierda todavía mantiene bien sujeta a la muchacha, ella finge taparse la cara y la vira la cabeza hacia atrás haciéndose la desvalida.

 

   - Apártate hereje, mi deber es proteger a las almas del divino señor, hasta  

      que las fuerzas me lo permitan.

   - No esta vez cura entrometido, el pacto es sagrado y nuestros antepasados

      lo firmaron con sangre, eso lo sabe muy bien el señor y si quiere se lo

      recuerdo, por si tiene una de sus lagunas, como es de costumbre cuando le

      conviene, vaya pendejada, además, nunca nadie se atrevió a violarlo y no

      será usted quien venga a hacerlo, váyase y no me haga perder más el

      tiempo carajo, antes de que me enoje en verdad.

   - Algún día lo pagarán malditos, se van a freír en el infierno, y seré yo mismo

      quien esté allí para avivar el fuego, ya verán.

 

El sacerdote retrocede rendido, pero sin quitarles la mirada de encima. Su sobrina ya anda suelta por ahí confundiéndose entre los parroquianos que comienzan a llegar. Cuando está en el atrio se da vuelta y corre hacia la iglesia, se mira la mano izquierda y comprueba que la niña ya no va con el. Cruza el portón de un brinco, lo cierra y atraviesa la tranca. Abajo en la plaza el alcalde toma del brazo al gringo y lo invita a caminar.

 

   - Usted y yo tenemos que hablar, me llamo Ramiro Peláez y sé que me está

     buscando, venga que le invito un trago –le devuelve el sombrero.

   - Por fin lo encuentro señor, casi me vuelvo loco buscándolo… gracias.

   - ¡Caray! ¿que ha de ser tan urgente como para que arriesgue su cordura?

 

Cruzan el parque hasta la esquina opuesta. La cantina está en una de las calles secundarias que bajan desde la colina. Atrás, guardando cierta distancia vienen los dos indios haciéndose los diligentes.

 

   - Usted sabe a lo que me refiero, se supone que me há estado esperando, ¿no  

      es así?

   - Sí es verdad, tiene razón.

   - Sepa que ya no me queda mucho tiempo, cerremos este negocio cuanto

      antes y no me haga esperar más por favor.

   - Pero antes no me negará el placer de tomarme un trago con usted      

      ¿verdad?

   - Bueno, pero que sea rápido.

   - Así me gusta, vamos pues.

 

Llegan tomados del brazo. Peláez se adelanta y empuja la puerta, luego coge de nuevo al gringo y lo introduce comedidamente. Busca una mesa vacía, ve una bien adentro, al lado de los baños, comprueba por si acaso hay otra mejor, pero no y enfilan hacia allá. Es un local brumoso y no muy grande, en donde se amasijan y se lubrican con sudor tal vez unas trescientas personas o mas. Gritan vítores en carabalí* y arengan a que comience de una vez la celebración. Las mesas están repletas y en medio del salón muchos bailan frenéticos al ritmo de la caña fermentada, los tambores y el acordeón. Los dos indios ya se han instalado en la mesa y los cuatro vasos están llenos y bien acomodados en el puesto de cada uno con la botella destacando en medio. Saludan, y todos se sientan.

 

   - Estos son mis socios.

   - Mucho gusto –inclina un poco la cabeza.

 

Los indios no dicen nada. Peláez animándose alza su vaso y se hace imitar por los demás.

 

   - Por los negocios.

   - Salud.

   - Salud.

   - Basta ya de ceremonias por favor, muéstreme de una vez la pieza señor  

      Peláez, el museo al que represento ya se ha tomado muchas molestias con  

      este asunto y además le dije que no me puedo atrasar.

   - No será su intención que se la muestre aquí, con toda la gente que hay.

   - Le advierto, que no aceptare ningún trato sin antes constatar que es  

     autentica.

   - ¡No irá a desconfiar de mi palabra! eso me ofendería.

   - Déjese de dramas Peláez, sepa que yo represento a una institución seria,  

     con metas muy elevadas y no voy a correr ningún riesgo.

   - Igual tendremos que esperar un rato, las cosas por aquí no son tan simples,  

      como usted tal vez ha de creer.

   - Entonces tendré que protestar, mire, todavía guardo su última carta, en la  

      que escribe bien claro que efectivamente ya tiene la pieza –se la saca del

      bolsillo- e inclusive especifica –lee-  …cuerpo entero reducido, método de

      reducción muy similar al de la tzanza* tradicional, de cuarenta y dos

      centímetros de largo, caucásico… de procedencia desconocida, aunque

      intuida… –deja de leer y lo mira- y luego usted añade un par de cosas más

      sin interés.

   - Tranquilo, que todo está bien planeado y le ruego que no demore más el

      brindis, tómese el trago de una sola y listo.

   - Como diga – se apura el trago al ver que no tiene otra alternativa- bueno,  

      ahora sí llegó la hora de ver lo que usted tiene para mí, vamos ya

      -queriéndose levantar- se lo exijo… –se vuelve a sentar - …¡the hell !

      ¿what`s going on?

 

Ya no dice más. Se va recostando despacio sobre la mesa y se queda totalmente dormido. Los indios lo llevan hacia la puerta de atrás, la que da al patio, ahí los esperan otros tantos y entre todos recuestan al gringo sobre un palanquín de mimbre y lo tapan con una sábana blanca. Cuatro lo alzan sobre sus hombros y todos salen en procesión rumbo a la plaza central.

 

En la cantina los tambores y el acordeón dejan de sonar y la gente se atropella para salir. Ya en la calle, los músicos vuelven a tocar mezclados entre los parroquianos. Así encaminan hasta la plaza. Cuando llegan y a la señal del que va adelante todos se detienen y dejan de tocar, de gritar y de chiflar, y recogidos en silencio se dispersan con solemnidad por toda la explanada.

 

Desde la otra esquina vienen entrando los de la procesión. Sin ningúna prisa cruzan el parque, avanzan hasta los montículos de arcilla y con sumo cuidado bajan el palanquín. En eso, de entre la muchedumbre se oye un alarido, la gente se aparta y aparece una vieja inmensa que apenas se cubre con un cushma*de majagua* batida de los que se usan en la sierra de Taruhaca, sobre la cabeza se le balancea un amasijo de cerdas embadurnadas con grasa de animal y en su mano derecha blande un puñal de obsidiana que destella con el reflejo de las antorchas. Se acerca grave hasta el palanquín y levanta la sábana, rasga la camisa del gringo y le clava el cuchillo justo encima del corazón, la sangre le salpica la cara. En la plaza estalla la algarabía de gritos y chiflidos y de nuevo al son de los tambores y el acordeón todos se ponen a bailar y a saltar con frenesí.

 

Por la calle grande vienen las cuatro mujeres. La novia va desnuda, canturriando algo que apenas se le puede oír. Las madrinas cargan cada una un costal lleno de lodo que trajeron del río. En la plaza, la gente les despeja el camino. Cuando llegan hasta donde esta el sacrificado la novia le arranca el corazón del pecho y lo alza sobre sí, la sangre que aún chorrea se le riega por todo el cuerpo. El griterío aumenta. La novia se retuerce en trance y se refriega el corazón todavía caliente por la barriga y el pubis.

 

Arrecian los tambores y el acordeón se euforiza. Solo las madrinas se mantienen frías, siempre vigilando a la novia. Cuando lo deciden le quitan el corazón y lo meten dentro del muñeco que está tranquilo esperando su turno tendido sobre la manta. Con el lodo que recogieron en el estuario lo cubren y levantan sobre el otro montículo más. 

 

El único que no parece disfrutar es Peláez, que sentado en las gradas bajo el atrio de la iglesia se seca el sudor de la cara con su trapo sucio, luego se toma un trago de la botella caminera que lleva siempre en alguno de sus bolsillos y suspira.

 

   - ¡Uyuyui! que tipo caramba, bueno, por suerte ya todo pasó.

 

Se levanta y se va de ahí manoteando.

 

Cuando la fiesta se está por acabar, los dos indios recogen el cadáver y lo envuelven tiernamente con la misma sábana blanca que quedó tirada a un lado.

 

   - Lo vamos a dejar como nuevo al muñequito y el próximo año se nos portará

     mejor.

   - El pobre, como que por fin se quedó tranquilo ¿no compadre?

   - Así veo pues.

 

 

 

 

* Cabuya-  Fibra vegetal extraída de una cactácea.

* Carabalí- Idioma del oeste de África.  

* Tzanza-   Cabeza reducida.

* Chusma- Vestido largo, como túnica sin mangas.

* Majagua- Tela vegetal extraída de una corteza parecida al corcho.

 

Ilustración fotográfica de Sonia Chaim.

 

 

© 2009

 

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