

Fecha de Publicación: 13 de Diciembre de 2009
Temática: Narrativa
Descripción:
“Tigre Cervantes”
No, ahora sí en serio...
a
mis hijos, María Hecsura “la Mimo”, Héctor Iván, Jared, Saraí e Ivana María Estrada,
mis hermanos, Nilson y Gilliam
y mi nieto Michael Dustin,
los amores incondicionales vivos que tengo de momento,
quienes me acompañan en los caminos de subida,
¡que son los más arrechos!
Los personajes, hechos y sucesos narrados aquí,
son ficticios y producto exclusivo de la imaginación del autor.
Sólo se han utilizado hechos y lugares históricamente públicos, para dar marco cronológico y geográfico reales a la trama de la novela.
Cualquier semejanza con personas, hechos y sucesos verdaderos es mera casualidad y
no respondemos por conflictos de conciencia...
Agradecimientos:
En primer lugar, por supuesto a Dios.
Resultaría predecible en grado superlativo
que manifestara mi pública gratitud
a quienes creyeron en mí.
Para ser muy veraz,
sólo eso hicieron…
creer.
Les estoy más agradecido aún, a todos los que siempre
pensaron que no lo lograría y me hicieron daño;
ellos, más que los primeros, “inyectaron”
la mayor cantidad de estímulo
a mi espíritu para
continuar mi
propósito.
Sabiduría, según me dijo alguien una vez, es “elegir en el presente, lo que te hará feliz en el porvenir”. Todos los días elegimos, decidimos; algunas de esas decisiones son trascendentales, otras no tanto, pero todas, las cotidianas y las que corresponden a hechos importantes, son como pequeñas encrucijadas frente a las que nos encontramos a cada momento y cuyas opciones nos llevarán por diferentes senderos y con certeza, a muy distintos destinos. La reflexión deberá ser: ¿qué me convendrá más?, y no ¿qué me complace más en este momento?
Las más de las veces, lo placentero no es lo más conveniente para nuestra vida. No lo percibimos así de inmediato, pero nada que merezca la pena, se consigue sin el esfuerzo y sacrificio adecuados.
“La puerta que nos conduce a la gloria es angosta…”
Capítulo 1
Mi nombre es Heriberto Estévez, tengo como cincuenta años y soy cero caries, bueno, me faltan un par de molares y tengo un canino implantado, pero de resto, lo soy. En este momento estoy sentado en una de las fuentes de sodas del Aeropuerto Internacional “Simón Bolívar”, paladeando un delicioso capuccino y esperando a Jalimar mi mujer, que fue a empolvarse la nariz, --se está retocando el maquillaje, nada de “perico”-- mientras nos avisan por los altavoces, el momento de abordar el avión que nos llevará a Atlanta para participar en un simposio sobre bienes raíces, actividad que combino exitosamente con la importación de insumos para la industria, además de poseer algunas acciones que representan el quince por ciento de una empresa vitivinícola --sí, leyó bien--, en el estado Lara. Este viaje será simultáneamente, algo así como nuestra luna de miel oficial ya que tenemos dos años de casados y no hemos realizado el tradicional viaje de novios; aunque debo aclarar que nuestra relación es tan armoniosa, que parece una feliz y permanente noche de bodas, claro está, porque así nos lo hemos propuesto ambos. Pero empecemos por el principio como debe ser…
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Crecí en la popular barriada de El Cementerio en Caracas, en la época en que nuestra democracia todavía no tenía vello púbico y el país se sacudía entre guerrillas, ritmo de “salsa” y Beatles. El mundo clavaba su mirada --al menos el mundo cristiano-- en el recién inaugurado Concilio Vaticano II, considerado símbolo de la apertura eclesiástica a la edad contemporánea.
La historia de la humanidad, sobre todo en la posguerra --la segunda--, arroja una serie de hechos sorprendentes en los espacios geopolíticos, económicos, sociales, científicos, culturales y religiosos. Como que la humanidad dentro del globo terráqueo sé reacomodó y en el ámbito del pensamiento no fue una excepción. Es la dinámica misma desde una perspectiva psico-social, las consecuencias políticas han sido devastadoras para algunos países o bloques de interés. La guerra fría, la guerra de los mercados o las nuevas manifestaciones culturales. “La Iglesia, por lo tanto, debía tener una confrontación más directa con el mundo y alcanzar esto es un concilio, tal como había propuesto el Papa Juan XXIII, era necesario y vital”
El Papa Pío XI en un momento de su pontificado, se planteó la idea de celebrar concilio, pero después de consultar a sus consejeros engavetó la iniciativa, ya que, al parecer, no era el momento oportuno. En 1948 Pío XII tuvo el mismo deseo, dadas, las opiniones contrapuestas, renunció al proyecto en 1952. Los problemas de celebrar un concilio no están fuera de la Iglesia sino dentro de ella. Todo cambio que se pretendió iniciar dentro de la Iglesia en la etapa preconciliar fue un duro reto, así lo afirma el Cardenal Danielou en sus “Memorias”: “el problema esencial estriba, pues, hoy ya no en los obstáculos que la Iglesia puede hallar en el exterior, sino en las amenazas que minan por dentro”.
La Iglesia durante el Pontificado de Pío XII --yo apenas estaba en el segundo grado cuando éste falleció y lo recuerdo--, fue una respuesta a la tensión mundial, a un acomodo religioso y un mantenimiento del “status” interior de la Iglesia. No quería complicarse con cambios que se le fueran de las manos. Era todo un nuevo desafío que no quiso asumir. El tipo de encuentro conciliar ya no sería para responder a problemas doctrinales, sino sería un planteamiento pastoral, fruto de los movimientos de renovación en los sectores: bíblicos, litúrgicos, catequéticos, sociales y laicales que se iniciaron después de la década de los treinta. Los movimientos de renovación anterior al Vaticano II, en lucha contra fuerzas inmovilistas, propiciaron su feliz realización. Fueron bases que se prepararon y esperaron el tiempo para el momento oportuno que culminaría con la corona de cambio a interior de la Iglesia.
Otros consideran que el Concilio Vaticano II fue un error, ya que un grupo en el interior de la Iglesia se sintió un poco desarmado, sobre todo las líneas duras o “élites” y de un fomento ortodoxo. Hay quienes descalifican el Vaticano II como decisión peligrosa y equivocada, otros juzgan negativamente el posconcilio, por haberse comprendido y aplicado mal el propio texto conciliar, no faltan quienes afirman que estamos desviando el espíritu conciliar, sin que haya consenso sobre dicho espíritu. Pero en el fondo la Iglesia necesitó reflexionar sobre sus problemas internos ante el mundo contemporáneo y plantearse los desafíos del futuro. No existen dudas de que el Concilio Vaticano II ha puesto sobre el tapete de la actualidad mundial las graves cuestiones religiosas de nuestro siglo.
Por esos días, los de mi infancia y adolescencia aún en blanco y negro, se conservaban sanas tradiciones como la de los juegos y juguetes de temporada: metras, papagayos o cometas, trompos y otras tantas de vigencia permanente, como el juego de béisbol corriendo dos bases y bateando con la mano una pelotica de goma de las que por muchos años costaron un real (Bs. 0,50) --en virtud de que para la época, la “Inflación” sólo era un concepto existente en los libros de Economía--. Y muchos personajes populares como por ejemplo El Amolador. ¿Quién no recuerda la tonada y el pregón del amolador de su infancia en Venezuela a cualquier hora del día? La tonadilla del amolador pertenece a esas melodías que te trasladan automáticamente al pasado. Recuerdo que cuando éramos chamos y escuchaba la flautilla del amolador, salía fascinado al balcón para verlo. Lo más atractivo era ver las chispas que desprendía la piedra al amolar los cuchillos. El amolador es otro de los iconos de la ciudad, que va de calle en calle anunciando su llegada para que las amas de casa preparen todos los implementos que requieren ser amolados. Es de los pocos oficios de toda la vida y que aún se mantienen. Pasan los años y todavía se escucha de vez en cuando al Amolador. Hay varias leyendas urbanas relacionadas con el amolador. Una vieja amiga de mi mamá, siempre me decía que cuando se escuchaba la tonada del amolador había que ponerse un papel sobre la cabeza; al parecer esa vaina daba suerte. ♫♫ ♫♫… ¡El amoladooorrrrrr!… Tijeras, cuchillos, corta-cutículas, navajas… ♫♫ ♫♫, la entonaba con un extraño y desaparecido silbato de que era como una flauta de Pan en miniatura.
En cada barrio de Caracas, nos agrupábamos en pandillas los niños y zagaletones de más o menos la misma edad, después del mediodía --por las mañanas íbamos a la escuela--, para jugar hasta desfallecer o hasta que nuestras madres quedaban roncas de tanto llamarnos.
Pocas semanas habían transcurrido desde el inicio de clases en mi primer año de bachillerato cuando una noticia, a pesar de mi corta edad, estremeció cada fibra de mi ser, sumiéndome todo el día en un solo “¡no puede ser!, ¡parece mentira!”:
22/11/63 Dallas, Texas
¡ASESINADO EL PRESIDENTE KENNEDY!
Acusan a Lee Harvey Oswald
Era un tipo carismático, progresista, con una esposa emblemática --la cual se había dirigido al pueblo venezolano en español, lo cual nos pareció particularmente respetuoso--; los venezolanos, por la religión predominante, se identificaron con él por ser el primer, y hasta ahora el único, presidente estadounidense católico, pero lo que más me llamaba la atención de John F., era que rompía con el estereotipo del mandatario por su juventud y apostura --todos los gobernantes de cualquier nación, hasta el momento, debían ser: viejos, feos y calvos--. Además, respecto a Latinoamérica, Kennedy propugnó la necesidad de apoyar su desarrollo económico y democrático, en un contexto regional. Argumentaba que “…aquellos que hacen de las revoluciones pacíficas un imposible hacen que las revoluciones violentas sean inevitables”, Kennedy trató de contener el comunismo en Latinoamérica estableciendo una Alianza para el Progreso, a través de la cual se mandara ayuda internacional a los países en problemas dentro de la región, buscando a la vez un estándar regional en materia de derechos humanos. Trabajó cercanamente con el Gobernador de Puerto Rico, Luis Muñoz Marín para el desarrollo de la Alianza para el Progreso, como también para el desarrollo de la autonomía del estado libre asociado de Puerto Rico.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, Alemania fue dividida bajo las presiones simultáneas de los aliados y los soviéticos. Con la construcción del Muro de Berlín a partir del 13 de agosto de 1961, los comunistas separaron Berlín en dos partes, una, bajo el control de los aliados, se llamaría Berlín Occidental, y otra, bajo el control de los soviéticos, se llamaría Berlín Oriental. Kennedy visitó Berlín occidental y el 26 de junio de 1963 emitió un discurso público censurando al comunismo con motivo del decimoquinto aniversario del bloqueo de Berlín impuesto por la URSS. En el discurso, pronunciado desde el balcón del edificio ‘Rathaus Schöneberg’, señaló la construcción del Muro de Berlín como un ejemplo del fracaso comunista: “La libertad tiene muchas dificultades y la democracia no es perfecta, pero nosotros nunca hemos tenido que poner un muro para mantener a nuestras personas dentro.”
Justo ese día, el “bachaco” Rogelio Sosa estaría esperándome a la salida de clases para --según él-- partirme la cara, porque su novia le había “cortado las patas”, dizque por mi culpa. Todo ello me impedía concentrarme en las clases adecuadamente, incluido el apendejecimiento que producía en mí, la mirada más tierna de la que haya sido yo objeto hasta entonces --la muchachita nueva que provenía del liceo “Pedro Emilio Coll” de Coche--. ¡Araceli!, caramba, me costó realizar un esfuerzo de memoria para recordar su nombre, y con lo bonitica que era: Piel blanquísima, suave y tersa, --¡claro que se la acaricié!-- ojos azules como un par de metras nuevas, labios rosados, carnosos y sensuales aún a los doce años, y todo eso enmarcado por una lacia y abundante cabellera de varias tonalidades, con predominancia del castaño.
Nos encontrábamos una tarde calurosa a la sazón mi pana Ángel --de lo que sólo tenía el nombre-- y yo, pasando el rato escuchando “Alegría y muchachada” en un radiecito de pilas “RAY-O-VAC”, y donde a cada rato el locutor decía: “Negrito, con leche o marrón… más sabroso es El Peñón” cuando repentinamente nos distrajo una voz imponente y varonil que provenía desde un automóvil, a pocos metros de distancia, cuyo dueño después de todo, no era tan imponente, al menos por su estatura física...
--¡Epa!, carajito, ¿Por dónde se sale a la autopista Valle-Coche?
--Por ahí pa’bajo, --le indicó mi compinche-- siga derechito tres cuadras y después a la izquierda una cuadra más, al llegar a la carnicería coge la subidita, esa es la rampla para la autopista.
--Gracias chamo, mira, ese papagayo tiene la cola muy corta, ponle más para que veas. ¡Ah!, y no se dice rampla, se dice R-A-M-P-A.
--¡Gracias señor!
El hermoso y reluciente Thunderbird blanco del año siguiente, arrancó dejándonos boquiabiertos a los dos rapaces y tratando de elevar sendas cometas...
--¡Cónfiro!, ¿viste tremenda nave? --dije después de un silbido.
--¡Claro!, --respondió Ángel-- ¿y cómo no?, quién fuera monstruo pa’ tené una nave así.
--Deja de estar poniéndole sobrenombres a la gente sin conocerla vale, ese señor se ve muy decente para que lo estés llamando monstruo.
--No seas pendejo chico, ese es Gustavo Ávila el jockey, “El Monstruo” Gustavo Ávila. ¿A ti no te gustan los caballos?
--¡No joda!, ni que yo fuera yegua.
--A pues señor, --me regañó con impaciencia-- los caballos, los caballos de carrera, el hipódromo.
--¡Ah!, ese monstruo, el que corre en la “La Rinconada” y gana billetes como arroz partío...
Mi tío Jesús me llevó el 5 de julio de 1959 a la inauguración del moderno hipódromo. Fue un acto muy lucido desde una óptica protocolar, con la asistencia del presidente Rómulo Betancourt, el mismo que en el discurso de toma de posesión dijo: “...que se me quemen las manos si toco el erario nacional...”, y al poco tiempo como consecuencia del atentado en “Los Próceres” el 24 de junio de 1960, aniversario de la segunda Batalla de Carabobo, apareció en la TV “vivito y coleando” , --ya que decían las malas y las buenas lenguas que tenía la “cachimba” embrujada-- ¡pero con las manos vendadas!. Los caraqueños se enorgullecían de tan magna obra arquitectónica, a la par de las mejores del mundo. Inaugurado en 1959, el Hipódromo La Rinconada es uno de los más modernos del continente. Cada sábado y domingo se realizan doce carreras de purasangres, que son seguidas por espectadores, televidentes y radioescuchas en todo el país. Todos pueden apostar a través de las máquinas instaladas a lo largo del territorio nacional. El hipódromo de la capital es el centro de un gran complejo que incluye el recinto para eventos El Poliedro y el Museo de Artes Visuales Alejandro Otero, aparte de los restaurantes, cafés, bares e, incluso, exposiciones de arte que los asistentes a las tribunas pueden disfrutar.
Para un niño de siete años, acompañado de su tío político que estaba más atento de las carreras y la polarcita, era fácil perderse entre la muchedumbre. Al cabo de una hora de deambular buscando a quien no me buscaba, decidí que lo más seguro para mí era irme al estacionamiento y esperar al lado del automóvil de mi tío hasta que saliera, porque alguna vez tenía que salir. La espera se me hizo interminable pero ya no estaba asustado. Al salir don Jesús, jugador compulsivo, le escuché decir que había perdido hasta la camisa; lo que me siguió intrigando por algún tiempo fue, no sólo el que pudiera comprar otra camisa en el hipódromo sino que la consiguiera idéntica a la que perdió. Lo de la camisa resultó ser sólo figurativo, pero el carro sí que lo había dejado en manos de un agiotista “amigo” suyo con quien consiguió un préstamo, bajo la modalidad de venta con pacto de retracto. Al parecer el tío Jesús continuaba apostando fuerte y perdiendo; sacaba dinero de donde no tenía para, según él, recuperarse en un único y sortario lance. Después de varias semanas en esa racha se ausentó de su casa, sin que nadie supiera su paradero. Un lunes en la mañana, uno de los empleados del Hipódromo asignado al mantenimiento del estacionamiento notó con extrañeza un automóvil, el único que aún permanecía en esos predios. Acudió la policía por la presunción de que fuera robado. Al abrir el portaequipaje descubrieron el cuerpo del apostador con las manos atadas y en la boca una manguera que provenía del tubo de escape del vehículo. El caso fue cerrado después de muchos meses sin que se pudiera establecer con precisión si fue suicidio o un vulgar ajuste de cuentas.
Va uno.
--Epa loco, tengo “filo” ¿qué tal si vamos a buscar mangos por los lados del cine “Lincoln”? --propuse.
--No sé chamo, tengo una “culebra” pendiente con un tipo de por ahí, tú sabes, al que le dicen cara‘e cachapa, y a esta hora debe estar con sus hermanos que son más grandes que él...
--Y más grandes que tú y que yo también, bolsiclón.
--A mí también me está ladrando la “caja del pan” pero mejor lo de los mangos, no se pana... otro día.
--Oye vale, ahora que dices pan, mi primo trabaja con el portu de la panadería nueva que pusieron en la subida de Los Alpes, vamos pa’llá a ver si nos da una ñapita...
--Heriberto, ¿tú como que eres medio zoquete? Pa’ que a uno le den ñapa tiene que comprá... ¿o no?
--Te estoy diciendo que mi primo Luis Alberto trabaja ahí, eso se arregla, ¡vamos vale!
Y así, emprendimos la caminata hacia Los Alpes, distante unas doce cuadras, conversando animadamente acerca del T-bird de Ávila, de la “chinita” Lisbeth, que había sido mi novia y se mudó para la isla Margarita con su familia y por eso terminamos nuestro noviazgo, ya que a esa edad yo aún no aprendía que: “amor de lejos... hace felices a los cuatro...”. Íbamos tirando piedras a las iguanas y soñando despiertos, lo que para un par de adolescentes, es habitual. La tarde era calurosa pero comenzó a soplar una agradable brisa que no dejaba a Ángel encender su Lido, de los que compraba a razón de cinco por medio real, ya que la cajetilla completa costaba sólo un bolívar. Cada uno con su preocupación, él batallando con los fósforos y la brisa y yo pensando en la fiesta del sábado siguiente, en la que seguramente se me plantearía un dilema como el de “To be or not to be, ahí ‘ta la vaina”, debido a que mi amigo “Canilla” quien me invitó, lo hizo con la condición de que atendiera a su prima Magaly que acababa de llegar de Caripito, estado Monagas, y por otro lado le había prometido a mi novia Mery que la llevaría a todas las fiestas, siempre que sus padres le dieran permiso, ¡carajo y para ésa le dieron! Por entonces yo estaba convencido, un tanto ingenuamente, de que mi vida amorosa estaba signada por la letra M, y tal era mi obsesión que, aparte de Mery, tenía otros “levantes” cuyos nombres empezaban con la socorrida M: Marianella y Mariela que para colmo eran mellizas y maracuchas, Mónica, Mercedes, Magdalí, Magaly por partida triple --mi vecinita, mi primita y ahora la primita de mi amigo-- todas ellas eran morenas y por supuesto, mujeres. De manera que mi vida sentimental giraba en tal medida en torno a mis famosas emes, que la fiesta sería en la “Casa de Monagas” y amenizada por el “Súper Combo Los Tropicales” de Maracaibo. Años más tarde me ocurriría lo propio con las “Y” o con las “J” y “G” que suenan como aquella, pero eso es harina de otro costal. Llegamos a la panadería Los Alpes pasada media hora, acalorados por la caminata y las travesuras agregadas; el local estaba repleto a las cinco y media de la tarde y mi primo sumamente atareado ya que lo habían ascendido de “muchacho de la limpieza” a “dependiente de mostrador”. Nos hicimos los locos hasta que llegó nuestro turno y justo en el instante en que otro joven comenzaba a interrogarnos acerca de nuestro pedido, Luis Alberto que no tiene ni un pelo de tonto intervino rápidamente, diciendo a su compañero que ya él nos estaba atendiendo.
--¡Epa chamo! Dame dos cachitos de jamón y dos colitas “Dumbo” ahí.
--Me imagino --apuntó Luis Alberto en son de broma--que quieren los cachitos calientes y las colitas bien frías.
--No pendejo, “al verrés”, ¡las colitas frías y los cachitos calientes! --fue mi respuesta.
Mi primo nos sirvió y preguntó a la señora a nuestro lado lo que quería, de una manera tan natural, que cualquiera que hubiese observado la escena pensaría que íbamos con ella, entonces él nos hizo un guiño para que entendiéramos la jugada. En medio del bullicio y la confusión, nadie notaría que la señora sólo estaba pagando lo suyo y ni siquiera el encargado de la panadería se percataría de que el importe de nuestra merienda, jamás ingresó en caja, consumiríamos lo nuestro y saldríamos detrás o junto a la señora para completar la actuación y asunto concluido. Nos hallábamos revolcándonos de la risa en un parque cercano cuando se presentó Luis Alberto, mi sagaz primo, con cara de tragedia y un moretón en la mejilla, aparte de quedarse sin empleo y sin posibilidades de encontrar otro en los comercios de la zona. A pesar de lo astutos que nos creíamos, el portugués lo fue más; desde hacía unos días sospechaba que mi primo no era precisamente un angelito, por lo que decidió ponerlo a prueba y meterle el ojo más de lo acostumbrado, descubriendo la movida “chueca” que hicimos los tres. Después de muchos intentos por conseguir trabajo, mi primo que estaba “rayado” decidió, para su desgracia, sucumbir a la tentación de atracar al propietario de una casa de empeños que, según le informó su compinche Freddy, se desplazaba con fuertes sumas de dinero, todos los días a la misma hora y por el mismo lugar. El judío en cuestión, ese miércoles por la noche, después de cerrar su “monte de piedad”, transitó su ruta habitual no sin antes pedir a un agente de la “Metropolitana” amigo suyo, que estuviera por los alrededores a esa ahora ya que llevaría mucho más dinero que en otras ocasiones y algunas joyas. Luis Alberto y su copiloto Freddy, se acercaron al prestamista por la acera con la motocicleta, a fin de golpearlo y despojarlo del maletín casi sin detenerse. La poca fortuna de la pareja se evidenció, cuando el carro-patrulla dobló la esquina justo frente a ellos, segundos antes de que hicieran contacto con su víctima; de manera que sin haber tocado siquiera el botín, tuvieron que emprender la huída, y el Coronet con motor especial de persecución detrás de ellos. Mi primo tenía una Suzuki 50 cc, con la que, a pesar de maniobrar hábilmente, no pudieron evadir a los policías que les perseguían; en medio de la confusión lógica en un momento como ese, Freddy estuvo a punto de perder su cartera e hizo un movimiento para meterla nuevamente en el bolsillo trasero de su jeans, lo que uno de los uniformados interpretó como un ademán para sacar un arma, y como se trataba de un novato, abrió fuego contra los dos muchachos haciendo que perdieran el control de su endeble vehículo, y terminaran estrellándose contra un camión estacionado. Cuando Luis Alberto, con mucho esfuerzo, se incorporó con una bala calibre .38 en el muslo izquierdo y el antebrazo derecho fracturado, el policía, presa del nerviosismo, accionó de nuevo su arma hiriéndolo mortalmente en la frente. Apenas una columna en un tabloide merecieron los infortunados.
Van dos.
--¡Veinte mil trescientos cincuenta y cuatro, Caracas para hoy!,--gritaba el lotero Miguel con su potente y ronca voz de negro viejo, bebedor de aguardiente y fumador de tabaco-- ¿Quiere rial?, ¡venga pa’ dale!
--Negro, dame un “quintico” --le dijo “misia” Aminta, la yerbatera, es decir, la que vende yerbas, porque las que venden ramas, son rameras-- que a lo mejor salgo de abajo con ese número que suena tan bonito, además, mi hija Merceditas soñó anoche que tres hombres la perseguían a las cinco de la mañana hasta el piso cuatro, y justamente así termina el número que tú ‘tás vendiendo: tres, cinco, cuatro, ¿no ves?
--Y usté cree en esas pendejadas misia Aminta? --le interrogó Miguel un tanto incrédulo.
--Tú eres un hombre sabio negro, deberías tener conocimiento de que Dios se vale de cualquier medio que esté a su alcance, y todo está a su alcance, para hacerle llegar a sus hijos necesitados las bendiciones que Él les tenga preparadas. Si es con un pedacito de billete de lotería, pues será. Nuestro señor escribe derecho con líneas torcidas.
--¡Ah!, pero como yo he oído decir a los evangélicos que la lotería es del demonio y que Dios castiga a quien juega y a quien vende; a mí han tratao de meteme miedo un porción de veces.
--¡Esas sí son pendejadas! --le regañó Aminta, señalándole con el índice--, qué demonio ni que ocho cuartos, por encima de él, la Santísima Trinidad, que lo reprende y domina. Ya te dije que no hay dinero malo sino mal utilizado, y sobre todo el que se guarda sin oficio ni beneficio, como hace nuestro vecino, el viejo Marrero, que es un usurero de marca mayor y que pasa hasta hambre por guardar la plata. A ese carajo se le puede estar muriendo un cristiano al lado, pero si le va a costar aunque sea un centavo, pues que se muera, eso no es problema de él.
--¿Sabe qué, vieja? Como que voy a vení dándole la razón y a vendé mi lotería sin remoldimiento de concencia, ¡no juegue!… ¡veinte mil trescientos cincuenta y cuatro, Caracas para hoy!
La doña Aminta se acostó a descansar su maltratado cuerpo, no sin antes verificar que su hija y su nieta estuvieran ya dormidas, rezar su acostumbrado rosario y colocar el papelito de la fracción de lotería, debajo de la imagen de San Judas Tadeo que tenía en su altar, en un rincón de su pequeño dormitorio y encenderle una velita de a medio, diariamente colocaba una de a locha, pero la petición de esa noche era por demás especial. Apenas puso la cabeza en la almohada se quedó rendida al sueño. Por bendición de Dios era de esas personas que viven en paz con su conciencia y haciendo el bien a todo el que puede, y no tenía dificultad alguna para conciliar el sueño; muchas veces sólo tomaba una tacita de infusión de manzanilla caliente, de la misma que vendía a sus clientes. Frecuentemente incluía en sus oraciones a esas pobres personas atormentadas que no duermen si no han ingerido un somnífero.
El lunes siguiente por la mañana, Mercedes daba saltos y carreras buscando agua para darle a beber y abanicando a “misia” Aminta. La noticia casi fue demasiado para la pobre vieja.
Ultimas Noticias
Resultados de la lotería de Caracas
Primer premio……….20.354……………Bs. 10.000.000,oo
Segundo premio......... 76.328.................Bs. 5.000.000,oo
Tercer premio…….... 15.321……………Bs. 1.000.000,oo
Aminta se había ganado por su fracción, la friolera de quinientos mil bolívares libres de todo gravamen. Al lector contemporáneo pudiera parecerle insignificante la suma, pero consideremos que para la época, con el dólar a Bs. 4,30, un automóvil de lujo podía costar entre treinta y cuarenta mil bolívares, un buen apartamento menos de cien mil y una quinta en el este de Caracas valía de trescientos a cuatrocientos mil bolívares; por lo tanto, medio millón para una pobre anciana de El Cementerio, cargada de problemas, con una hija madre soltera y desempleada, ese dinero era como todo el que había en el mundo. Acto seguido comenzaron a llegar las vecinas y al enterarse del motivo de aquel alboroto, hasta Joao el portugués de la bodega y el “turco Abelardo” --quien en realidad era libanés y se llamaba Abdalah--, se unieron al alborozo y comenzaron a traer comida y bebidas para festejar junto con “misia” Aminta y su corta pero unida familia.
Decimos familia corta, porque hacía ya unos quince años que su marido se había ido detrás de una “vedette” cubana a vivir por los lados de Puerto Cabello, y poco o nada se sabía de él. Sólo cuando se enteró del nacimiento de su nieta, dijo a un amigo de la familia: “¡Menos mal que las únicas putas son las bailarinas cubanas!, si yo estuviera en mi casa le fuera dao una cueriza a la vagabunda esa”. Se quedó pensativo durante unos instantes hasta que su moreno semblante se entristeció intensamente.
--¡Si yo estuviera en mi casa...!
Y rompió a llorar como un niño, quizás añorando su hogar después de que la cubana lo abandonara al cabo de unas pocas semanas, sin dinero y sin moral, para refugiarse en los brazos de un marinero francés, sabe Dios por cuantos días. Por fortuna para Ernesto, un pariente suyo tenía contactos entre los representantes del sindicato de trabajadores portuarios y lo enchufaron en los muelles, gracias a que sabía manejar un montacargas pequeño, de los que llamaban “señorita”; el puesto que le consiguieron estaba bastante bien remunerado y al hombre le empezó a ir bien de nuevo, al menos económicamente. Lo malo es que todo lo que le sobraba, después de pagar alojamiento, comida y lavado de ropa, se lo bebía en garrafales parrandas que ocupaban todo su tiempo libre, para amanecer el siguiente día laboral, literalmente sin una locha.
Las dos mujeres compraron un modesto pero confortable apartamento en la avenida “Presidente Medina” (antes Victoria), Aminta renunció a su ocupación de yerbatera, no sin antes jurar solemnemente que dejaría también el vicio del juego de lotería pues “Ya mi Dios me premió, y no hay que ser inconforme en la vida, porque la avaricia rompe el saco, como decía mi papá”, y se dedicó a atender su casa, a Mercedes quien aspiraba ir a la universidad para convertirse en abogada, y a su querida nietecita.
Estaba yo a la mitad el quinto y último año de bachillerato en el Liceo “Andrés Bello”, realmente fueron unos años de intensa actividad, ya que además del pensum regular, un servidor pertenecía al equipo de baloncesto, al grupo de teatro y la estudiantina; por añadidura dirigía el semanario del liceo y tenía tres novias. Vivíamos días de mucha zozobra debido a la turbulenta atmósfera política y las manifestaciones callejeras violentas, estaban en el menú diario.
Las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) fueron la organización guerrillera creada por el Partido Comunista de Venezuela en 1962, para dar forma a los nacientes grupos rebeldes que empezaban a operar en el país para derrocar por la fuerza al gobierno de Rómulo Betancourt. Según el ex oficial de la inteligencia cubana Ulises Estrada, la creación de las FALN se enmarcó en una política de apoyo de Fidel Castro a los movimientos armados de Latinoamérica. Las FALN fueron controladas inicialmente por el Buró Político del PCV, siendo su estrategia “La Liberación Nacional y el Socialismo”, y su táctica, “La Lucha Armada” con la creación de la Unidad Táctica de Combate (UTC) a nivel urbano y la formación de Frentes Guerrilleros Rurales. Las FALN de PCV se dividieron en 1965 debido a la separación de Douglas Bravo, y en abril de 1966 surgen las FALN del Partido de la Revolución Venezolana (PRV), que comprendía solamente al Frente Guerrillero “José Leonardo Chirinos” en Falcón. Las FALN del PCV dejaron de funcionar orgánicamente desde esta época y fueron oficialmente disueltas en febrero de 1969. Sin embargo, las FALN del PRV siguieron operando activamente hasta finales de los años setenta, cuando el Partido pasó a convertirse en el Movimiento Tercer Camino, conservando el nombre de PRV.
Me hallaba en la Plaza Carabobo evitando que un ñángara me lavara el cerebro con las bondades de la naciente Revolución Cultural Proletaria, proceso convulso de transformación social que tuvo lugar en China, desde 1966 hasta 1976 --aunque, su auge no duró hasta más allá de 1969-- y constituyó el mayor movimiento de masas tras la llegada al poder del régimen comunista, con Mao Zedong o Tse Tung a la cabeza. Yo era un poco ingenuo aún y eso se ponía de manifiesto al sostener tercamente la teoría de que si yo no estaba haciendo nada malo, no debía correr. Pues un policía y su macana, me hicieron cambiar rápidamente de filosofía al romperme el radio --y no justamente el de baterías--, por lo que hube de llevar un yeso por más de cuatro semanas y ausentarme de las actividades deportivas y culturales, que tanto me gustaban y alimentaban mi vida. Por la razón anterior sufrí la frustración de no participar en el estreno de la obra “La Calle”, cuyo montaje nos había consumido varios meses de preparación, bajo la dirección del profesor Calcaño. A los pocos días, otra protesta estudiantil me brindó una oportunidad de oro. El mismo policía que me había prescripto el yeso en el antebrazo, estaba en la avenida México, frente al instituto educacional imponiendo la ley y el orden. Al reconocerlo me fui acercando silenciosamente por detrás suyo y alcé mi arma de reglamento --el yeso--, y le propiné un “suculento” golpe en la nuca por lo que se fue de bruces y después alguien me contaría cómo cayó al suelo, porque ya imaginarán que no me quedé para averiguarlo.
Mercedes y yo nos conocimos en la Universidad Central de Venezuela cuando ella estaba finalizando el segundo año de Derecho y yo ingresaba a mi primero de Comunicación Social. Ambos andábamos con apuros por los pasillos ultimando detalles de nuestras respectivas inscripciones. La escena era típica: sacando fotocopias de la cédula de identidad, del título de bachiller, llenando planillas contra una pared o en la espalda de un compañero, o efectuando un depósito en el último minuto de caja en el banco... ¡dando carreras! Muy claro no está en mis recuerdos si fue prestando o pidiendo prestado un bolígrafo, que me tropecé de frente con ella, al final de unas escaleras donde casi nos caímos al piso. Debo confesar que realmente me impactó la belleza física de la muchacha: alta, como de un metro setenta y tres, cabello negro largo y abundante, cejas pobladas enmarcando unos preciosos ojos “aguarapaos”, cuerpo esbelto pero bien definido, en fin, una típica belleza venezolana; pero al rato, mientras nos tomábamos un café para hacer un breve receso, se me ocurrió que era su muy seductora personalidad lo que me tenía cautivado. Muy segura de sí misma, afable y alegre considerando la seriedad de las circunstancias, --me resultó incuestionable que era una persona que acostumbraba leer--. En las siguientes semanas nos vimos con frecuencia, íbamos al cine, al teatro, exposiciones plásticas; o nos reuníamos en un parque teniendo la naturaleza como cortina, para conversar durante horas sin percatarnos de que el tiempo transcurría. Lo muy cierto es que fuimos haciéndonos casi indispensables el uno para la otra y viceversa. Resultaría madrugado decir que estábamos enamorados, pero sí es irrefutable que había una gran empatía entre ambos. Realmente lo pasábamos mejor juntos, que en compañía de cualquier otra persona, ya que coincidíamos en algunos aspectos, pero diferíamos en las cuestiones esenciales que promueven la sana polémica y le dan gusto a una relación, impidiendo caer en la monótona rutina. Por ese tiempo compartimos hermosos y productivos momentos, al menos en lo intelectual y espiritual, ya que muchos relacionan la productividad sólo con lo monetario. ¡Pobres!, ignoran que el éxito es un compendio de factores, dentro de los que el financiero se cuenta, pero no es el único y ni siquiera el más importante --¿Dinero?, hoy no tenemos y de pronto mañana sí, o al revés que es peor--. De hecho, el éxito no es un destino en sí o un estado permanente, es un camino, una senda que transitamos día a día impregnados de armonía, amor y satisfacciones cotidianas, cuyo valor pocos reconocen. Forma parte primordial de la vida exitosa, las buenas relaciones con los demás seres humanos: familia, amigos, camaradas laborales, etc., pero fundamentalmente familia, aquellos con quienes compartimos techo, mesa y hasta cama. Una vez que hemos logrado los otros ingredientes para llevar una vida armoniosa, la riqueza --en todas sus expresiones-- llega automáticamente.
Los jueves en la noche nos deleitábamos con la “Cátedra del Humor” en la sala de conciertos anexa al Aula Magna de la Ciudad Universitaria; nos resultan inolvidables las charlas magistrales, entre otros, del genial y recordado Aquiles Nazoa, así como del sobresaliente Pedro León Zapata.
Muchos de mis coterráneos y coetáneos, evocarán al talentoso y sensible Aquiles, “El Ruiseñor de Catuche”. Escritor, periodista, poeta y humorista, cuya obra proyecta los valores de la cultura popular venezolana. Nació en la barriada caraqueña de El Guarataro, en el seno de una familia de modestos recursos económicos. Fueron sus padres Rafael Nazoa, jardinero y Micaela González. A los doce años empezó a trabajar para ayudar a su familia, completando su formación a través del estudio autodidacta. Entre 1932 y 1934 se desempeñó en múltiples oficios, tales como aprendiz de carpintería, telefonista y botones del hotel Majestic de Caracas y empleado de una bodega, hasta que entró a trabajar en el diario caraqueño El Universal hacia 1935, donde trabajó como empaquetador, luego pasó al archivo de clisés y finalmente aprendió tipografía y corrección de pruebas. Por este tiempo aprendió a leer el francés y el inglés, lo que le permitió en 1938, obtener un puesto como guía turístico en el Museo de Bellas Artes. Durante este período fue enviado en calidad de corresponsal de El Universal a Puerto Cabello, donde colaboró en el diario El Verbo Democrático. Un artículo suyo en el que critica la indolencia de las autoridades locales en la erradicación de la malaria, le acarrea una demanda del Concejo Municipal de Puerto Cabello y su posterior encarcelamiento en 1940. Luego de ser liberado regresó a Caracas, donde ingresó a trabajar en la emisora Radio Tropical y mantiene en El Universal una columna titulada “Por la misma calle”. Por ese tiempo es incorporado al diario Últimas Noticias, comenzando a publicar sus poemas humorísticos en la sección “A punta de lanza”, firmada con el seudónimo “Lancero”. También en este período se incorpora al semanario satírico El Morrocoy Azul donde desarrolla sus dotes como humorista, publicando con el seudónimo de “Jacinto Ven a Veinte”, sus poemas Teatro para leer. A partir de agosto de 1943, empieza a colaborar en el diario El Nacional. En 1945, aparece en Caracas su libro El Transeúnte Sonreído. Durante estos años, colabora igualmente en las revistas Élite y Fantoches, la segunda de las cuales dirige por un tiempo. En 1948 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en la especialidad de escritores humorísticos y costumbristas. Dos años después aparecen sus libros El Ruiseñor de Catuche y Marcos Manaure, idea para una película venezolana, con prólogo de Juan Liscano. En 1953, el Morrocoy Azul pasa al control del gobierno, lo que ocasiona que Aquiles Nazoa y otros periodistas colaboren con la revista humorística El Tocador de las Señoras. Sin embargo, al hacerse más difícil la situación política, Nazoa decide marchar al exilio hasta la caída del régimen. De regreso a Caracas, colabora en la revista Dominguito, fundada en febrero de 1958 por Gabriel Bracho Montiel y en marzo de 1959, crea junto a su hermano Aníbal la publicación humorística, Una señora en apuros; de la que sin embargo no llegaron a salir sino unos pocos números. Una situación similar aconteció con El Fóforo, aparecido en noviembre de 1960, en el cual su nombre encabezaba la lista de los editores; en definitiva tanto ésta última revista como Dominguito fueron clausuradas por las autoridades gubernamentales, ahora democráticas, a fines de 1960. Ese mismo año, aparece en Caracas su libro de poemas Caballo de Manteca y, a partir de ese momento, sus obras dentro del género poético (ediciones, reediciones, antologías) se hacen más abundantes y son recogidas en la compilación Humor y Amor de Aquiles Nazoa, publicada en 1970. Además de sus obras relacionadas con la poesía, Nazoa produjo trabajos en prosa que incluyen especialmente su ensayo de 1961, Cuba, de Martí a Fidel Castro; Caracas, Física Y Espiritual, que ganó ese mismo año el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal y trabajos de crítica de arte: Mirar un cuadro, Humorismo gráfico en Venezuela; así como numerosas conferencias de divulgación cultural. También en 1966 publicó una compilación titulada Los Humoristas de Caracas. Durante la década de los 70, además de preparar libros como La vida privada de las muñecas de trapo, Raúl Santana con un pueblo en el bolsillo y Leoncio Martínez, genial e ingenioso --publicación póstuma--, dicta charlas y conferencias, mantiene un programa de televisión titulado Las Cosas Más Sencillas y proyecta la formación de un grupo actoral que pusiera en práctica el “Teatro para leer”. Falleció en un accidente de tránsito en la autopista regional del centro. Para honrar su memoria se creó por iniciativa de Pedro León Zapata, la Cátedra Libre De Humorismo “Aquiles Nazoa”, inaugurada el 11 de marzo de 1980.
En fin, pasábamos juntos nuestro tiempo libre de una manera muy provechosa e intensa, hasta que ocurrió lo que era inevitable --considerando que ninguno de los dos era venusino--. Cierta noche, después de ver la polémica película española La caza, de Carlos Saura, al despedirnos en la puerta de su apartamento, nuestras miradas se cruzaron con un matiz diferente, nos acercamos lentamente y nuestros labios apenas se rozaron en un beso que nos sacudió como un terremoto interno, cuyo epicentro ya saben ustedes donde se ubica. En el momento de acariciar su cuello, ella emitió un profundo suspiro al tiempo que cerraba sus hermosos ojos del color de la miel, en una inequívoca señal de aprobación y entrega. Continué besándola y palpando su cuerpo, al comienzo por encima de la ropa y luego introduciendo mis manos por entre ella. Se me ocurrió que su piel era la más sedosa y sensual que había tocado en mi vida, al menos por años, hasta que encontré a Salomé hecha toda una mujer, quizás un poco prematuramente, pero mujer al fin. Salomé, la más prohibida de todas mis pasiones prohibidas, pero eso es también --y con mayor razón--, “harina de otro costal”.
--¡No!, ¡No! --Gemía Mercedes.
--¿No qué? --Pregunté-- si ya estamos haciéndolo...
--¡No te detengas! --suplicó.
No hubo por parte de Mercedes ninguna acción que entorpeciera mis avances amatorios, más, por el contrario ella también recorría con sus manos cualquier parte de mi cuerpo que estuviera al alcance. La noche transcurrió como era de esperarse, entr